Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo. Es el propiciatorio colocado sobre el arca de Dios. Es "el misterio escondido desde siglos" (San Buenaventura)

12.3.18

San Luis Orione - Aniversario

 
 
Nuevo aniversario de la muerte de Don Orione


“¡Pobre sotana mía…! ¡No da más: como mi propia vida…!” decía Don Orione días antes de su muerte.  La Familia Orionita recuerda con devoción el paso a la eternidad de quien vivió y murió entre los pobres.
Alguna vez Don Orione había confesado que, estando en la Argentina, “a veces había encomendado mi alma a Dios por unas molestias cardíacas que me hacían revolver en la cama por horas y horas, sin darme tregua. Pero bueno, hombre, que no somos más que muchachos de 62 años: y si la hermana muerte llama a nuestras puertas, le abrimos y hacemos fiesta, que ya hemos vivido bastante.”
La “hermana muerte” pareció llegar el 1º de abril de 1939, mientras estaba iniciando una nueva escuela profesional, a pocos kilómetros de Tortona, en Alessandria. Pero a la semana siguiente estaba otra vez en pie, expresando con una sonrisa “He resucitado. ¡Ave María, y adelante!”.
Entonces, Trató de tranquilizar a todo el mundo, pero casi un año después, en la madrugada del 9 de febrero de 1940, su vida pendía otra vez de un hilo: pidió la comunión y la unción de los enfermos, que entonces se daba sólo a los moribundos. Pero también esa vez logró salir lentamente de la crisis y todos suspiraban de alivio.
Reanudó sin más su trabajo normal, y a Don Sterpi, quien le sugería reposo absoluto, le hizo decir: “Renuncio a la salud, a la vida; pero hasta el último aliento quiero cumplir con mi deber”.
Y a menudo repetía: “Quiero morir en el surco: con la mirada en el cielo y trabajando.” Ese mes sería de continuos altibajos; se las ingeniaba para poder celebrar misa, pese a su estado delicado e inestable.
El 6 de marzo comenzaba a despedirse, porque los médicos lo querían mandar a San Remo. Mientras hacía las valijas, contemplaba su pobre sotana: “¡Pobre sotana mía…! ¡No da más: como mi propia vida…!”.    
Hacía diez años que no iba a San Remo, y no le gusta la idea de ir allí; ese nombre le sonaba a frivolidad, lujo, mundanidad; aunque allí hubiese un instituto suyo, el San Rómulo.
El día antes de su partida a esa ciudad, el 8 de marzo, fue a dar las buenas noches a sus religiosos por última vez y, suavemente, protestaría: “No es entre las palmas que yo quiero vivir y morir; sino entre los pobres, que son el mismo Jesucristo.”
Habló de sus religiosos polacos envueltos en la guerra, de las casas de América Latina, de las tres grandes “madres” de los Hijos de la Divina Providencia: María, La Iglesia, la Congregación; de ser fieles a Dios y a la vocación; y concluye: “¡Adiós, hijos míos queridos, hasta siempre!”
Antes de emprender el viaje, le dirá a un sacerdote: “Quiero confesarme: una confesión en preparación a la muerte.”
“¡Jesús, Jesús, Jesús….!”
En Villa Santa Clotilde, de San Remo, fueron tres días de oración y trabajo: preparó una nueva expedición de misioneros a América Latina, escribió cartas, envió telegramas -entre otros, un hermoso telegrama al Papa Pío XII, al cumplirse el primer año de su elección papal-, y recibió constantes visitas.
El mismo 12 de marzo recibió al P. Terenzi, párroco del Santuario del Divino Amor, en Roma, y le ayudó en misa como un simple monaguillo. Al caer la noche, despidiéndolo, le escribió en una tarjeta postal: “¡Ave María y adelante!”.
Antes de cenar, rezó el rosario y otras oraciones junto con su enfermero.
A las diez de la noche, lo llamaron por teléfono desde Roma;  era la voz Aquiles Malcovati, hombre de negocios y también político dedicado ya por entero a las obras de bien.  “Padre, hay una pobre mujer enferma, abandonada por todos..., necesita ayuda”. Ante el pedido, Don Orione responde “Está bien, querido amigo. Llévela de inmediato a Génova; yo me encargaré de avisarles.” Así, a menos de una hora de su muerte, este fue su último 'sí' a los hombres.
Al rato su respiración entrecortada apenas le daban fuerzas para llamar. Acudieron el hermano enfermero y una religiosa, quienes llamaron al médico, pero la enfermedad hizo crisis.
Como respondiendo a la invitación bíblica (“Ya viene el esposo (el Señor) salgan a su encuentro”), repetió débilmente con su último hilo de voz: “Jesús… Jesús… ya voy”. Así reclinó su cabeza sobre el pecho del hermano enfermero, en la paz de Dios.

Fuente: donorione.org.ar/web/

11.2.18

Lourdes-Milagros


ALEXIS CARREL (1873–1944) era un joven médico francés de Lyon de 30 años, cuando reemplazó a uno de sus compañeros para ir como médico a una peregrinación de 300 enfermos al santuario de Lourdes, en julio de 1903.

No creía en Dios ni en milagros. Era un científico, que sólo creía en la razón, pero era un hombre sincero y, al final del viaje, debió reconocer que existía Dios y lo sobrenatural. Él nos cuenta su aventura espiritual en su libro Viaje a Lourdes, donde él escribe sus impresiones bajo el nombre de Dr. Lerrac (el revés de Carrel).

Dice así: El tren se detuvo antes de entrar en la estación de Lourdes. Las ventanillas se llenaron de cabezas pálidas, extáticas, alegres, en un saludo a la tierra elegida, donde habrían de desaparecer los males... Un gran anhelo de esperanza surgía de estos deseos, de estas angustias y de este amor 

Al llegar los enfermos al hospital, Lerrac se acercó a la cama que ocupaba una joven enferma de peritonitis tuberculosa... María Ferrand (su verdadero nombre era María Bailly) tenía las costillas marcadas en la piel y el vientre hinchado. La tumefacción era casi uniforme, pero algo más voluminosa hacia el lado izquierdo. El vientre parecía distendido por materias duras y, en el centro, notábase una parte más depresible llena de líquido. Era la forma clásica de la peritonitis tuberculosa... El padre y la madre de esta joven murieron tísicos; ella escupe sangre desde la edad de quince años; y a los dieciocho contrajo una pleuresía tuberculosa y le sacaron dos litros y medio de líquido del costado izquierdo; después tuvo cavernas pulmonares y, por último, desde hace ocho meses sufre esta peritonitis tuberculosa. Se encuentra en el último período de caquexia. El corazón late sin orden ni concierto. Morirá pronto, puede vivir tal vez unos días, pero está sentenciada


A María Ferrand, después de hacerle unas abluciones con el agua milagrosa de la Virgen, porque su estado era sumamente grave y no se atrevieron a meterla en la piscina, la llevaron ante la imagen de la Virgen en la gruta.

La mirada de Lerrac se posó en María Ferrand y le pareció que algo había cambiado su aspecto, parecía que su cutis tenía menos palidez... Lerrac se acercó a la joven y contó las pulsaciones y la respiración y comentó: La respiración es más lenta. Evidentemente, tenía ante sus ojos una mejoría rápida en el estado general. Algo iba a suceder y se resistió a dejarse llevar por la emoción. Concentró su mirada en María Ferrand sin mirar a nadie más. El rostro de la joven, con los ojos brillantes y extasiados, fijos en la gruta, seguía experimentando modificaciones. Se había producido una importante mejoría. De pronto, Lerrac se sintió palidecer al ver cómo, en el lugar correspondiente a la cintura de la enferma, el cobertor iba descendiendo, poco a poco, hasta el nivel del vientre...

En la basílica acababan de dar las tres de la tarde. Algunos minutos después, la tumefacción del vientre pareció que había desaparecido por completo... Lerrac no hablaba ni pensaba. Aquel suceso inesperado estaba en contradicción con todas sus ideas y previsiones y le parecía estar soñando. Le dieron una taza llena de leche a la joven y la bebió por entero. A los pocos momentos, levantó la cabeza, miró en torno suyo, se removió algo y reclinóse sobre un costado sin dar la menor muestra de dolor. Eran ya cerca de las cuatro. Acababa de suceder lo imposible, lo inesperado, ¡el milagro! Aquella muchacha agonizante poco antes, estaba casi curada

Esto no puede ser una peritonitis nerviosa, pensaba. Ofrecía síntomas demasiado acusados y absolutamente claros... Hacia las siete y media volvió al hospital, ardiendo de curiosidad y angustia...

Quedóse mudo de asombro. La transformación era prodigiosa. La joven, vistiendo una camisa blanca, se hallaba sentada en la cama. Los ojos brillaban en su rostro, gris y demacrado aún, pero móvil y vibrante, con un color rosado en las mejillas. Las comisuras de sus labios en reposo, conservaban todavía un pliegue doloroso, impronta de tantos años de sufrimientos, pero de toda su persona emanaba una indefinible sensación de calma, que irradiando en torno suyo, iluminaba de alegría la triste sala.

- Doctor, estoy completamente curada, dijo a Lerrac, aunque me siento débil... La curación era completa. Aquella moribunda de rostro cianótico, vientre distendido y corazón agitado, habíase convertido en pocas horas en una joven casi normal, sólamente demacrada y débil... ¡Es el milagro, el gran milagro, que hace vibrar a las multitudes, atrayéndolas alocadas a Lourdes! ¡Qué feliz casualidad ver cómo, entre tantos enfermos, ha sanado la que yo mejor conocía y a la que había observado largamente!

Y él se fue a la gruta, a contemplar atentamente la imagen de la Virgen, las muletas que, como exvotos, llenaban las paredes iluminadas por el resplandor de los cirios, cuya incesante humareda había ennegrecido la roca... Lerrac tomó asiento en una silla al lado de un campesino anciano y permaneció inmóvil largo rato con la cabeza entre las manos, mecido por los cánticos nocturnos, mientras del fondo de su alma brotaba esta plegaria:

“Virgen Santa, socorro de los desgraciados que te imploran humildemente, sálvame. Creo en ti, has querido responder a mi duda con un gran milagro. No lo comprendo y dudo todavía. Pero mi gran deseo y el objeto supremo de todas mis aspiraciones es ahora creer, creer apasionada y ciegamente sin discutir ni criticar nunca más. Tu nombre es más bello que el sol de la mañana. Acoge al inquieto pecador, que con el corazón turbado y la frente surcada por las arrugas se agita, corriendo tras las quimeras. Bajo los profundos y duros consejos de mi orgullo intelectual yace, desgraciadamente ahogado todavía, un sueño, el más seductor de todos los sueños: el de creer en ti y amarte como te aman los monjes de alma pura...”

Eran las tres de la madrugada y a Lerrac le pareció que la serenidad que presidía todas las cosas había descendido también a su alma, inundándola de calma y dulzura. Las preocupaciones de la vida cotidiana, las hipótesis, las teorías y las inquietudes intelectuales habían desaparecido de su mente. Tuvo la impresión de que bajo la mano de la Virgen, había alcanzado la certidumbre y hasta creyó sentir su admirable y pacificadora dulzura de una manera tan profunda que, sin la menor inquietud, alejó la amenaza de un retorno a la duda.

En su libro Meditaciones escribió: “Señor, te doy gracias por haberme conservado la vida hasta el día de hoy. Mi vida ha sido un desierto, porque no te he conocido. Haz que, a pesar del otoño, este desierto florezca.

Que cada minuto de los días que me queden esté consagrado a Ti. No quiero nada para mí, excepto tu gracia. Que cada minuto de mi vida esté consagrado a tu servicio. Señor, toma la dirección de mi vida, porque estoy perdido en las tinieblas. Todo lo que tu voluntad me inspire hacer, lo cumpliré. Es necesario acercarse a Ti, Señor, con toda pureza y humildad... Oh, Dios mío, cómo lamento no haber comprendido nada de la vida, haber intentado entender cosas que es inútil comprender. Y es que la vida no consiste en comprender sino en amar. Haz, Dios mío, que no sea para mí demasiado tarde. Haz que la última página del libro de mi vida no esté ya escrita. Que pueda añadirse otro capítulo a este libro tan malo. Habla, que tu indigno servidor te escucha. Te ofrezco todo cuanto me queda. Te hago el sacrificio voluntariode mi vida, como una plegaria. Te pido que me guíes por el camino verdadero, el de las gentes sencillas, el de los que aman y rezan. Perdóname todas las faltas de mi vida. Que cada minuto del tiempo, que aún me esté permitido vivir, transcurra cumpliendo tu voluntad en la senda que escojas para mí. Oh Dios mío, en este día me abandono totalmente a Ti, con el sentimiento infinito de haber pasado por la vida como un ciego. Haz, Señor, que pueda emplear el resto de mi vida en tu servicio y en el de los que sufren” .


María Ferrand (María Bailly), la curada por la Virgen, se hizo religiosa de la caridad, de San Vicente de Paul, y murió en 1937.

Alexis Carrel (Dr. Lerrac), después del milagro, publicó algunos escritos sobre este hecho en los periódicos y revistas, pero fue marcado por el ambiente anticlerical de sus colegas, por lo que no le quisieron dar ningún trabajo.

Esto fue providencial; pues, buscando empleo, fue al Instituto Rockefeller de Nueva York a investigar y, como premio de sus investigaciones, a los diez años del milagro, recibió el premio Nóbel de Medicina. Murió en París en noviembre de 1944. Según afirmó el sacerdote que lo atendió en los últimos momentos, se confesó, comulgó, recibió la unción de los enfermos y dijo: Quiero creer y creo todo lo que la Iglesia católica quiere que creamos y para ello no experimento dificultad alguna, porque no hallo nada que esté en oposición real con los datos ciertos de la ciencia.

Extraído de  es.catholic.net 


7.11.17

María Mediadora de Todas las Gracias


Honra a esta devoción a Nuestra Señora como un agente de la cooperación en el plan de Dios de la Encarnación de Jesucristo a la Redención. María era el intermediario entre Jesús y San Juan Bautista, él santifica antes de su nacimiento. Ella fue quien pidió a Cristo  hacer su primer milagro en las bodas de Canaán, delante de su vida pública que había comenzado.

Durante la Pasión, ella lo siguió en cada paso de su sufrimiento, nos muestra que se asoció en la misión de reparación por los pecados de la humanidad. Después de la resurrección, el Espíritu Santo descendió sobre ella primero, y luego a los Apóstoles, demostrando que ella era la mediadora de las gracias para la Iglesia naciente. Por su maternidad divina María se convirtió en co-Redentora, asumiendo el papel de Mediadora de todas las gracias.

En 1921 el Papa Benedicto XV instituyó el 08 de noviembre como el día de la fiesta de Nuestra Señora Mediadora de Todas las Gracias.

Un texto de San Luis Grignion de Montfort expresa admirablemente esta verdad:

"Sólo María halló gracia delante de Dios (Lucas 1:30) y sin la ayuda de cualquier otra criatura. Después de ella, todos los que hallaron gracia ante Dios la encontró sólo a través de ella. María llena eres de gracia, cuando el Arcángel Gabriel  le saludó ella ( Lucas 1:28), y estaba llena de gracia hasta rebosar cuando el Espíritu Santo tan misteriosamente cubrió con su sombra (Lucas 1:35).

"Día a día, momento a momento, se incrementó tanto esta doble plenitud que alcanzó un inmenso e inconcebible grado de gracia. Tanto es así, que el Todopoderoso hizo de ella el único custodio de sus tesoros y única dispensadora de todas sus gracias, para ennoblecer a ella, exaltan y enriquece todo lo que ella quiera. Ella puede guiarlos por el camino estrecho hacia el Cielo y guiarlos a través de la puerta estrecha a la vida. Ella puede dar un trono real, el cetro y la corona a quien lo desee . Jesús es siempre y en todo el fruto y el Hijo de María, y María está en todas partes como el verdadero árbol que lleva fruto de la vida, la verdadera Madre que lleva ese Hijo. "" (Verdadera Devoción a María, n. 44)

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sanluisespolon.blogspot.com

2.11.17

Día de los Muertos

Lectura del santo evangelio según san Juan 11, 17-27

Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: - Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá. Jesús le dijo: - Tu hermano resucitará. Marta respondió: -Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice: - Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: -Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Reflexión del Evangelio de hoy
«Todo es nuevo; lo viejo ha pasado»

Magnifico texto el que leemos hoy del Apocalipsis de San Juan. Todo es nuevo. La vieja creación ha pasado y se inaugura el reinado de Cristo. Nada malo queda, pues hasta la muerte ha sido finalmente vencida y todo está sometido al reinado de nuestro Dios.

Alegra bastante, cuando tenemos tan presente la realidad de la muerte, leer estos textos que nos conducen a la esperanza y la alegría. El paso de este mundo viejo y caduco al nuevo mundo recreado por Dios no tiene por qué ser triste ni temido. Si hemos entendido bien el mensaje de Cristo, la Palabra de nuestro Dios, sabemos que el momento de la muerte es semejante a un nuevo nacimiento. El ser que se está desarrollando en el cálido y confortable seno de la madre, tiene que, cuando se cumple el tiempo, abandonar esa seguridad para enfrentarse al mundo. Si pudiéramos recordar nuestro nacimiento, seguramente nos veríamos aterrados al abandonar la seguridad y enfrentarnos a lo desconocido.

Así veo la muerte, como un segundo nacimiento, un traspasar una puerta hacia lo desconocido, y esto puede aterrar un poco, pero los cristianos tenemos, debemos tener, la seguridad de que al otro lado de la puerta está esperando el Padre de todos, con los brazos abiertos, listo para fundirse en un fuerte abrazo con el hijo pródigo que regresa al hogar paterno/materno. ¿Por qué tener miedo si sabemos que Dios nos está esperando con toda su misericordia y su mejor sonrisa? Entremos sin temor en el mundo nuevo, en la nueva creación donde el mal no tiene cabida.
«Hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro»

Leemos en el Evangelio el episodio de la resurrección de Lázaro. Jesús viene finalmente a la casa de sus amigos cuatro días después de que Lázaro fuera enterrado y Jesús lo resucita.

Tal vez deberíamos decir que Jesús “revivió” a Lázaro, pues si Lázaro volvió a la vida, también es cierto que esta vuelta no tuvo nada que ver con la resurrección que Cristo inaugura unos días después. Lázaro volvió a la vida que ya había tenido, para volver a morir nuevamente un tiempo después. La resurrección de Cristo es definitiva: para nunca más morir. Lázaro sigue sintiendo las necesidades fisiológicas propias de un cuerpo finito -desatadle y dadle de comer-; Cristo resucitado no tiene necesidades de este tipo.

Ciertamente a mi no me interesa ni me seduce resucitar tal cual soy ahora, volver a una vida igual a la actual. No me ilusiona resucitar para asomarme a la ventana y saludar al vecino. Esto no sería una resurrección, sino un revivir.

El “revivir” de Lázaro puede ser una imagen de la resurrección del propio Jesús, pero solo una pálida imagen. Los apóstoles presentes en Betania, podrán entender un poco mejor lo que pasa con Jesús más tarde. Unos le han visto morir y ser enterrado; otros saben que así ha sucedido por el relato de Juan, Nicodemo, María, Magdalena…, y todos aquellos que aguantaron el drama a pie de cruz, asistieron a aquel apresurado entierro del viernes santo y regresaron a casa, primera procesión de los callados, viviendo el dolor de la muerte del ser querido.

Tal vez en la resurrección de Lázaro debiéramos ver una imagen de nuestra “muerte espiritual” personal. Si nos miramos con atención, ¿Estamos vivos? ¿Nuestro espíritu vive en Cristo? ¿Vivimos realmente una vida de gracia, una vida en Dios? Puede que hayamos contestado negativamente alguna de estas preguntas y en este caso necesitamos oír la voz de Jesús que se dirige a nosotros y nos invita a salir fuera de nuestra mediocridad, de nuestro sepulcro, para que volvamos a recuperar la vida que nos dio en el Bautismo, que iluminó en la Confirmación y alimentó con la Eucaristía.

En nuestra visita al cementerio no veamos los restos que allí quedan, que son nada, solo polvo, sino la gloria de Dios, donde todos los que dejaron este mundo conocido, están presentes y donde un día nos encontraremos con ellos.

D. Félix García O.P.

1.11.17

Día de Todos los Santos


Cada quien es hijo de su vida y circunstancias. Todo creyente lo es por diferentes motivos, pero la fuerza de su convicción sólo está enraizada en la experiencia de un encuentro con el Señor resucitado, con su Espíritu, presente en medio de nosotros. Para el creyente, la existencia de Dios es tan cierta y real como la vida misma. En la solemnidad de todos los Santos celebramos a todos los que se han dejado alcanzar por Dios, a todos los que han hecho de su vida un ícono de la presencia de Dios en medio de esta humanidad, muchas veces rota y divida por el odio, la soberbia, el egoísmo y la sinrazón. Los santos nos acercan a Dios al tiempo que nos recuerdan lo mejor de nosotros mismos. Son los que hacen verdad las palabras de vida y de eternidad de Jesús.
El encuentro con Jesús, con el Dios vivo, marca de una manera decisiva la vida del creyente, le imprime un sello que lo capacita para anunciar y proclamar el Evangelio a toda la creación, le hace solidario con todas las criaturas y se convierte en testigo y testimonio de la esperanza en un mundo más humano y fraterno en busca de la reconciliación universal. Los santos muestran el rostro de la misericordia de Dios.

Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.

7.10.17

Virgen del Rosario


San Juan Pablo II, quien añadió los misterios luminosos al rezo del Santo Rosario, escribió en su Carta Apostólica “Rosarium Virginis Mariae” que este rezo mariano “en su sencillez y profundidad, sigue siendo también, en este tercer Milenio apenas iniciado, una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad”.