Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo. Es el propiciatorio colocado sobre el arca de Dios. Es "el misterio escondido desde siglos"
(San Buenaventura)

30.1.26

de las Cartas a Diogneto

Los cristianos en el mundo 

"Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. 
Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. 
Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. 
Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres. 
El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar."  De la Carta a Diogneto (Cap. 5-6; Funk 1, 317-321)  fuente: vatican.va


A continuación, el extracto de una obra de los Padres Apostólicos referido a las Cartas enviadas a  Diogneto:

INTRODUCCIÓN

Se percibía alguna inquietud en los ambientes paganos. ¿Qué estaba pasando? Se hacía complicado concebir cómo las realidades «de siempre» parecían renovarse. O, al menos, esa era la pretensión de algunos que se llamaban cristianos. Aunque no fuese una preocupación que les hiciese temer por su amadísima civilización, los paganos se inquietaban. Y he aquí que un cristiano, reacio a desvelar su nombre a la historia y, por tanto, un provocador de la curiosidad de los estudiosos que lo han identificado, entre otros, con Apolo, Clemente de Roma, Cuadrato, Marción, Arístides, Apeles, Justino, Melitón de Sardes, Teófilo de Antioquía, Panteno, Hipólito de Roma, Luciano de Antioquía, Metodio de Olimpo - e incluso se le ha llegado a considerar un falso del siglo XVI-, quiso responder a las preguntas que bullían en la cabeza del pagano Diogneto. De éste tampoco sabemos demasiado. Se ha identificado con el procurador Claudio Diogneto que, en el 197, ejercía el cargo de Sumo Sacerdote en Egipto, o con el Diogneto maestro de Marco Aurelio, o con el emperador Adriano oculto bajo un pseudónimo, aunque también pudiera tratarse de un simple nombre bajo el que se ocultan las anónimas gentes que anclaban inquietas por causa del cristianismo.
 
LAS ANDANZAS Y DESVENTURAS DE UNA OBRA

Los documentos del Concilio Vaticano II divulgaron algunos lugares del escrito que conocemos como A Diogneto, desconocido o ignorado curiosamente por los antiguos tratadistas de la literatura cristiana. Nunca lo encontramos mencionado en Eusebio de Cesárea, Jerónimo, Genadio de Marsella o Focio. El escrito pasó por la historia sin que nadie se refiriese a él.
Al silencio de los autores antiguos se ha de sumar la rocambolesca historia del único manuscrito -designado por unos editores como A y por otros como F - que conservó el texto de la obra hasta el pasado siglo. En torno al año 1436, Tomás de Arezzo, un joven clérigo estudiante de griego, compra en una pescadería de Constantinopla un códice que estaba apilado con el papel para embalar pescado. Movido por el deseo de martirio, Tomás de Arezzo parte a anunciar el Evangelio entre musulmanes, pero antes deja el códice en manos de Juan Stojkovic de Ragusa, futuro cardenal que asistiría como legado al Concilio de Basilea. A su muerte, el manuscrito debió pasar a los dominicos o a los cartujos de Basilea, a quienes hizo herederos de su biblioteca. Posteriormente lo adquirió Juan Reuchlin y, en la segunda mitad del siglo XVI, el códice se hallaba en la abadía alsaciana de Marmoutier, donde permaneció hasta que entre 1793 y 1795 pasó a formar parte de los fondos de la biblioteca municipal de Estrasburgo. Allí fue destruido como consecuencia del incendio producido por el bombardeo de la artillería prusiana. Era el 14 de agosto de 1870.
Por tanto, el texto del manuscrito sólo lo podemos conocer actualmente a través de las copias que hicieron los humanistas en el siglo XVI o a través de las colaciones que se hicieron en el siglo XIX con vistas a editar el A Diogneto.

nota: si alguien desea leer el texto completo, está en la web, y es gratuito para descargar.

8.1.26

La multiplicación de los panes

San Juan Crisóstomo (c. 345-407) - Homilía 
La multiplicación de los panes

Observemos el abandono confiado de los discípulos a la providencia de Dios en las necesidades más grandes de la vida y su desprecio hacia una existencia lujosa: eran doce y tenían sólo cinco panes y dos peces. No se preocupaban de las cosas del cuerpo; se dedicaban con celo a las cosas del alma. Es más, no guardaron para ellos estas provisiones: se las dieron en seguida al Salvador cuando se las pidió. Aprendamos de este ejemplo, a compartir lo que nosotros tenemos con los que están necesitados, aunque tengamos poco. Cuando Jesús les pide los cinco panes, no dicen: "¿qué nos quedará para más tarde? ¿De dónde sacaremos lo que nos hace falta a nosotros?" Obedecen en seguida...
Tomando pues los panes, el Señor los partió y les confió a los discípulos el honor de distribuirlos. No quería solo honrarlos con este santo servicio, sino que quería que participaran en el milagro, para que fueran testigos bien convencidos y no olvidaran lo que habían visto con sus ojos... Por ellos hace sentar a la gente y distribuye el pan, con el fin de que cada uno de ellos pueda dar testimonio del milagro que se realizó entre sus manos...
Todo en este acontecimiento - el lugar desierto, la tierra desnuda, poco pan y pescado, la distribución de las cosas sin preferencia, cada uno que tiene tanto como su vecino - todo esto nos enseña la humildad, la frugalidad, y la caridad fraterna. También amarnos unos otros, tenerlo todo en común entre los que sirven al mismo Dios, es lo que nos enseña nuestro Salvador aquí.

20.12.25

"Te saludo, llena de gracia"

San Epifanio de Salamina (¿-403) obispo ( de: Homilía nº 5)

¿Cómo hablar? ¿Qué elogio podré yo hacer de la Virgen gloriosa y santa? Ella está por encima de todos los seres, exceptuando a Dios; es, por naturaleza, más bella que los querubines y todo el ejército de los ángeles. Ni la lengua del cielo, ni la de la tierra, ni incluso la de los ángeles sería suficiente para alabarla. ¡Bienaventurada Virgen, paloma pura, esposa celestial..., templo y trono de la divinidad! Tuyo es Cristo, sol resplandeciente en el cielo y sobre la tierra. Tú eres la nube luminosa que hizo bajar a Cristo, él, el rayo resplandeciente que ilumina al mundo.
Alégrate, llena de gracia, puerta de los cielos; es de ti que habla el Cantar de los Cantares... cuando exclama: «Tú eres huerto cerrado, hermana mía, esposa mía, huerto cerrado, fuente sellada (4,12)... Santa Madre de Dios, cordera inmaculada, de ti ha nacido el Cordero, Cristo, el Verbo encarnado en ti... ¡Qué sorprendente maravilla en los cielos: una mujer, revestida de sol (Ap 12,1), llevando la luz en sus brazos!... Qué asombrosa maravilla en los cielos: el Señor de los ángeles hecho hijo de la Virgen. Los ángeles acusaban a Eva; ahora llenan de gloria a María porque ella ha levantado a Eva de su caída y hace entrar en los cielos a Adán echado fuera del Paraíso...
Es inmensa la gracia concedida a esta Virgen santa. Por eso Gabriel, le dirige primeramente este saludo: «Alégrate, llena de gracia», resplandeciente como el cielo. «Alégrate, llena de gracia», Virgen adornada con toda clase de virtudes... «Alégrate, llena de gracia», tú sacias a los sedientos con la dulzura de la fuente eterna. Alégrate, santa Madre inmaculada; tú has engendrado a Cristo que te precede. Alégrate, púrpura real; tú has revestido al rey de cielo y tierra. Alégrate, libro sellado; tú has dado al mundo poder leer al Verbo, el Hijo del Padre.

10.12.25

San Juan Climaco

 “Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón” 
   (Mt 11,29)

1. La luz de la aurora precede al sol y la mansedumbre precede a la humildad. Escuchemos a la Luz decirnos en qué orden los dispuso: "Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón" (cf. Mt 11,29). Antes de contemplar el sol, debemos ser iluminados por la aurora, podremos entonces sostener la vista del sol. Porque es imposible, completamente imposible, mirar el sol antes de conocer esta luz. Así lo enseña, en la Palabra del Señor, el orden dado a cada una de estas dos virtudes.
2. La mansedumbre es un estado inmutable del intelecto, por el que permanece siempre igual, tanto en los honores como en las humillaciones. 
3. La mansedumbre nos hace rezar por el prójimo sinceramente, sin ser sensibles a sus procedimientos cuando nos atormenta. 
4. La mansedumbre es una roca que domina el mar de la irascibilidad y contra la cual se estrellan todas las olas que llegan allí, sin que la roca se rompa. 
5. La mansedumbre es el sostén de la paciencia; la entrada, o más bien, la madre de la caridad. Ella es el fundamento de la discreción. Por eso está escrito "Guía en la justicia a los humildes" (cf. Sal 24,9). La mansedumbre procura el perdón de los pecados, da confianza en la oración, es la morada del Espíritu Santo. "¿A quién vuelvo la mirada? Al manso y humilde" (cf. Is 66,2).
6. La mansedumbre es la colaboradora de la obediencia, la guía de la comunidad fraterna, el freno del furioso, el obstáculo del colérico, una fuente de alegría, la imitación de Cristo, una cualidad de los ángeles, la traba de los demonios, un escudo contra la amargura. 7. El alma agitada es el asiento del diablo, pero el Señor reposa en los corazones mansos.

San Juan Clímaco, (c. 575 - c. 650) -  de: La Escala Santa, 24,1-7 

20.9.25

La palabra de Dios

“La semilla es la palabra de Dios”

El origen de la Escritura no se halla en la búsqueda humana, sino en la divina revelación que proviene del “Padre de las luces”, “de quien toma su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra” (St 1,17; Ef 3,15). Es de él que, por su Hijo Jesucristo, llega a nosotros el Espíritu Santo. Es por el Espíritu Santo que, compartiendo y distribuyendo sus dones a cada unos según su voluntad Hb 2,4), se nos da la fe y “por la fe, Cristo habita en nuestros corazones” (Ef 3,17). De este conocimiento de Jesucristo se desprende, como de su fuente, la firmeza y la comprensión de toda la santa Escritura. Es, pues, imposible entrar en el conocimiento de la Escritura sin poseer infusa, primeramente, la fe de Cristo, como la luz, la puerta y el fundamento de toda la Escritura…
La finalidad o el fruto de la santa Escritura no es cualquier cosa, sino la plena felicidad eterna. Porque en la Escritura están “las palabras de vida eterna” (Jn 6,68); está, pues, escrita, no sólo para que creamos, sino también para que poseamos la vida eterna en la cual veremos, amaremos y nuestros deseos se verán eternamente colmados. Es entonces que nuestros deseos se verán plenamente satisfechos, conoceremos verdaderamente “el amor que sobrepasa todo conocimiento” y así llegaremos a “la Plenitud total de Dios” (Ef 3,19). La divina Escritura se esfuerza en introducirnos a esta plenitud; y es, pues, en vistas a este fin, con esta intención que la santa Escritura debe ser estudiada, enseñada y comprendida.
San Buenaventura (1221-1274)

15.9.25

15 de septiembre: Nuestra Sra. de los Dolores

San Bernardo (1091-1153) monje cisterciense y doctor de la Iglesia

Después del amor de Cristo, el de María no tiene igual
El martirio de la Virgen es sugerido tanto por  la profecía de Simeón  como por la narración de la Pasión del Señor.  “Él será un signo de contradicción”, dice Simeón hablando del niño Jesús. Dirigiéndose a María agregó “Una espada atravesará tu corazón” (cf. Lc 2,34-35). Si, bienaventurada Madre, tu corazón fue atravesado por una espada y una espada traspasó la carne de tu Hijo. Cuando tu Jesús -que es de todos pero especialmente de ti- entregó el espíritu, la lanza cruel no llegó a su alma. Al estar  ya muerto, la lanza no le causó dolor.  Pero ella atravesó tu alma. En ese momento, ya no podía atravesar el alma suya porque ya no estaba. Pero tu alma, no podría nunca más separarse de él. (…)
Quizás alguien preguntará si María no sabía por adelantado que él debía morir. Si, sin dudas. ¿No esperaba ella verlo resucitado en seguida? Si, en eso confiaba. Entonces, ¿sufrió cuando lo vio crucificar?  ¡Por cierto y con qué violencia! ¿Quién eres tú, hermano, y de dónde te viene tal sabiduría, al asombrarte más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? ¿Él pudo morir de la muerte del cuerpo y ella no habría podido morir con él de todo corazón? En él se realiza la obra de un amor que nadie puede superar. En ella, es el amor que, después del primero, nunca habrá otro igual.


en la Basílica de La Piedad, CABA 

14.9.25

14 de septiembre: Exhaltación de la Santa Cruz

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, en la que se recuerda el hallazgo del leño de la cruz por parte de santa Elena, en Jerusalén, en el siglo IV, y la restitución de la preciosa reliquia a la Ciudad Santa, por obra del Emperador Heraclio. Pero “¿qué quiere decir para nosotros celebrar hoy esta fiesta?” ha interrogado el Papa esta mañana ante miles de fieles que se congregaban en la Plaza de San Pedro este mediodía para escuchar su reflexión dominical antes de rezar a la madre del Cielo.
La Cruz como signo de amor y salvación
El Papa ha recordado que la Cruz – denominada por el Papa como “uno de los instrumentos de muerte más cruel que el hombre haya jamás inventado” – fue transformada por Cristo en el mayor signo del amor de Dios. En ella no hay derrota, sino victoria: la vida surge de la muerte y la salvación del sacrificio.
“Por esto hoy nosotros celebramos su “exaltación”, lo hacemos por el amor inmenso con el que Dios, abrazándola para nuestra salvación, la transformó de medio de muerte a instrumento de vida, enseñándonos que nada puede separarnos de Él y que su caridad es más grande que nuestro mismo pecado”.
El diálogo con Nicodemo
León XIV explica después cómo Jesús anuncia que será “ensalzado” en la Cruz, para dar vida eterna a todo el que crea. Centrándose en el Evangelio del día, describe una escena: “Es de noche, y Nicodemo – uno de los jefes de los judíos – va a encontrar a Jesús. El Señor lo escucha – continúa el Papa – y al final le revela que el Hijo del hombre debe ser ensalzado porque «Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna».
“Nicodemo, que quizás en ese momento no comprende plenamente el sentido de estas palabras, podrá de seguro hacerlo cuando, después de la crucifixión, ayudará a sepultar el cuerpo del Salvador. Comprenderá entonces que Dios, para redimir a los hombres, se hizo hombre y murió en la cruz”.
Al final, el Pontífice hace una invitación al compromiso personal. El Papa pide que, con la ayuda de María, cada creyente pueda acoger este amor y hacerlo vida concreta: “que también nosotros sepamos donarnos los unos a los otros, como Él se ha donado enteramente a todos”.


11.9.25

Coronación de Santa María de la Antigua


9 de septiembre 2025

El Arzobispo de Sevilla (España), Mons. José Ángel Saiz Meneses, presidió el martes 9 de septiembre la coronación pontificia de Santa María de la Antigua, Patrona de Panamá, en el marco de los 512 años de la erección de la primera diócesis en tierra firme en América, y los 100 años de su elevación a arquidiócesis.
La Misa fue concelebrada por el Arzobispo de Panamá, Mons. José Domingo Ulloa, obispos de las diócesis sufragáneas y el deán de la Catedral de Sevilla, P. Francisco Ortiz Bernal, en la Catedral Basílica de Santa María la Antigua.
Al iniciar la celebración, Mons. Ulloa recordó dos los acontecimientos históricos que enmarcan esta coronación y saludó al Arzobispo de Sevilla, “sucesor de aquella sede que desde el corazón de Andalucía nos transmitió la devoción a Nuestra Señora de la Antigua, semilla fecunda de nuestra identidad cristiana en el continente”.
“Querido hermano, ¡bienvenido! En usted sentimos la cercanía de la Iglesia madre de Sevilla y el abrazo fraterno de España. Hoy Panamá vive su historia y renueva su fe”, añadió.
En su homilía, el Arzobispo de Sevilla dio gracias a Dios por este día de fiesta y explicó que “la coronación pontificia es un acto sagrado, aprobado por la Santa Sede, que reconoce la irradiación espiritual, pastoral, histórica y cultural de una imagen de la Santísima Virgen María”.
“Es una corona que pondremos en nombre del Santo Padre León XIV como signo visible del amor y de la fidelidad del pueblo cristiano a su Madre del cielo, y testimonio solemne de la realeza espiritual de María, Madre del Redentor y Madre de la Iglesia”, subrayó el prelado.
Tras recordar que la devoción a Santa María la Antigua se remonta al siglo XIV en Sevilla, el prelado destacó que “hoy, siglos después, esa conexión sigue viva. Sevilla y Panamá se unen en la misma Madre, en la misma fe, en la misma misión. Quienes recibieron el Evangelio hace más de 500 años, hoy lo proclaman con vigor y esperanza”.
“La semilla sembrada ha fructificado, y esta corona que hoy colocamos sobre la cabeza de la Virgen no es sólo un atuendo externo, es la expresión y el deseo de que María siga siendo la Reina de nuestros pueblos, de nuestros países, de nuestras diócesis, la Reina de nuestros corazones”, afirmó.
“En esta coronación –continuó el arzobispo– pedimos su intercesión para que la Iglesia en Panamá, en todo el continente americano, en todo el mundo, sea hogar de los pobres, testigo de la Verdad y servidora del Reino”.

La autorización del Papa León XIV

Luego de la homilía, se procedió con la lectura de la carta del 31 de mayo de 2025, del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en el Vaticano que, con la aprobación del Papa León XIV, autorizó que la imagen de Santa María de la Antigua y el Niño Jesús, “en el nombre y con la autoridad del Sumo Pontífice, puede ser coronada con preciosa corona, sin que conste nada que lo impida”.
La carta del Vaticano responde a un pedido que hiciera Mons. Ulloa en abril de 2024, durante el pontificado del Papa Francisco, para coronar la imagen de la Patrona de Panamá.
Al concluir la lectura, hizo su ingreso la corona de la Virgen en andas, adornada con flores y portada por varios miembros de las fuerzas del orden. La corona fue entregada al Arzobispo Ulloa, para luego dársela a Mons. Saiz, quien procedió a la coronación en nombre del Papa León, ante los aplausos de todos los presentes.


28.8.25

28 de agosto - San Agustín de Hipona - Su poesía


 En él resplandece como una luz que el espacio no atrapa,

y percibe un sonido que el tiempo no arrebata,

siente una fragancia que el viento no dispersa,

y saborea un manjar que al comer no se consume,

En él se cierra un abrazo que la plenitud no abre.

Esto es lo que amo, cuando amo a mi Dios.

San Agustín 


8.8.25

Santo Domingo de Guzmán - 8 de agosto

Santo Domingo de Guzmán

El fundador de los Padres Dominicos, que son ahora 6,800 en 680 casas en el mundo, nació en Caleruega, España, en 1171. 
Su madre, Juana de Aza, era una mujer admirable en virtudes y ha sido declarada Beata. Lo educó en la más estricta formación religiosa.   
A los 14 años se fue a vivir con un tío sacerdote en Palencia en cuya casa trabajaba y estudiaba. 
La gente decía que en edad era un jovencito pero que en seriedad parecía un anciano.
Su goce especial era leer libros religiosos, y hacer caridad a los pobres.   
En un viaje que hizo, acompañando a su obispo por el sur de Francia, se dio cuenta de que los herejes habían invadido regiones enteras y estaban haciendo un gran mal a las almas. Y el método que los misioneros católicos estaban empleando era totalmente inadecuado.    
Los predicadores llegaban en carruajes elegantes, con ayudantes y secretarios, y se hospedaban en los mejores hoteles, y su vida no era ciertamente un modelo de la mejor santidad.
Y así de esa manera las conversiones de herejes que conseguían, eran mínimas. Domingo se propuso un modo de misionar totalmente diferente.   Vio que a las gentes les impresionaba que el misionero fuera pobre como el pueblo. Que viviera una vida de verdadero buen ejemplo en todo. Y que se dedicara con todas sus energías a enseñarles la verdadera religión. Se consiguió un grupo de compañeros y con una vida de total pobreza, y con una santidad de conducta impresionante, empezaron a evangelizar con grandes éxitos apostólicos.
Sus armas para convertir eran la oración, la paciencia, la penitencia, y muchas horas dedicadas a instruir a los ignorantes en religión.
Cuando algunos católicos trataron de acabar con los herejes por medio de las armas, o de atemorizarlos para que se convirtieran, les dijo: «Es inútil tratar de convertir a la gente con la violencia. La oración hace más efecto que todas las armas guerreras. No crean que los oyentes se van a conmover y a volver mejores por que nos ven muy elegantemente vestidos. En cambio con la humildad sí se ganan los corazones».
En agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores, con 16 compañeros que lo querían y le obedecían como al mejor de los padres. Ocho eran franceses, siete españoles y uno inglés. Los preparó de la mejor manera que le fue posible y los envió a predicar, y la nueva comunidad tuvo una bendición de Dios tan grande que a los pocos años ya los conventos de los dominicos eran más de setenta, y se hicieron famosos en las grandes universidades, especialmente en la de París y en la de Bolonia.   
El gran fundador le dieron a sus religiosos unas normas que les han hecho un bien inmenso por muchos siglos.
Por ejemplo estas: 
Primero contemplar, y después enseñar: dedicar tiempo y muchos esfuerzos a estudiar y meditar las enseñanzas de Jesucristo y de su Iglesia; después sí predicar con todo el entusiasmo posible.-
Predicar siempre y en todas partes. Santo Domingo quiere que el oficio principal de sus religiosos sea predicar, catequizar, propagar las enseñanzas católicas por todos los medios posibles. Y él mismo daba el ejemplo: donde quiera que llegaba empleaba la mayor parte de su tiempo en predicar y enseñar catecismo.
Era el hombre de la alegría, y del buen humor. La gente lo veía siempre con rostro alegre, gozoso y amable. Sus compañeros decían: «De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación». Pasaba noches enteras en oración. Era de pocas palabras cuando se hablaba de temas mundanos, pero cuando había que hablar de Nuestro Señor y de temas religiosos entonces sí que charlaba con verdadero entusiasmo. Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las Cartas de San Pablo. Siempre los llevaba consigo para leerlos día por día y prácticamente se los sabía de memoria.
A sus discípulos les recomendaba que no pasaran ningún día sin leer alguna página del Nuevo Testamento o del Antiguo. Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas, estando en Bolonia, la ciudad donde había vivido sus últimos años. Tuvieron que prestarle un colchón porque no tenía.
Y el 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes cuando le decían: «Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte», dijo: «¡Qué hermoso, qué hermoso!» y expiró.   
A los 13 años de haber muerto, el Sumo Pontífice lo declaró santo y exclamó al proclamar el decreto de su canonización: «De la santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo».





4.8.25

Confianza ciega y absoluta en Jesús - Santa Teresa de Calcuta

 Santa Teresa de Calcuta (1910-1997) fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad

No hay amor más grande

«Partió los panes y se los dio a los discípulos; y los discípulos se los dieron a la gente»

Simplicidad de nuestra vida contemplativa: ¡nos hace ver el rostro de Dios en cada cosa, en cada ser, por todas partes y siempre! Y su mano, presente en cada acontecimiento hace que todo lo llevemos a cabo –la meditación, el estudio, el trabajo y el intercambio, comer y dormir- en Jesús, con Jesús, por Jesús y para Jesús bajo la mirada amorosa del Padre, cuando permanecemos siempre dispuestas  a recibirle bajo cualquiera que sea la forma que viene revestido.                                                          Estoy del todo cautivada por el hecho de que Jesús, antes de comentar la Palabra de Dios, antes de anunciar a las multitudes las Bienaventuranzas, movido de compasión por ella, les cura y les alimenta. Y es tan sólo después que les comunica su doctrina.                                                                              Ama a Jesús generosamente, ámale confiadamente, sin mirar detrás de ti y sin aprehensión. Date enteramente a Jesús. Y te cogerá como instrumento para realizar sus maravillas con la sola condición de que tú seas infinitamente más consciente de su amor que de tu debilidad. Cree en él, ponte en sus manos en un impulso de confianza ciega y absoluta, porque él es Jesús. Cree en Jesús, y Jesús sólo es la vida; debes saber que la santidad no es otra cosa que este mismo Jesús viviendo íntimamente en ti; entonces él será libre de hacer el gesto de su mano sobre ti.

22.7.25

"En él vivimos, nos movemos y existimos"

“¡Ojalá quisieran tolerar un poco de locura de mi parte!” (2 Cor 11,1). Tengo que decirlo, lo admito con simplicidad, que el Verbo me ha visitado, y además muy seguido. Aunque él ha entrado frecuentemente en mí, nunca resentí el momento de su venida. He sentido que estaba presente, recuerdo que estaba conmigo. Mismo, algunas veces pude presentir que él vendría, pero nunca he sentido su venida o su partida. ¿Cómo vino o partió? No lo sé.
No es por los ojos que entra, ya que no tiene forma o color que podamos discernir. No es por las orejas, ya que su venida no produce ningún sonido, su presencia tampoco puede ser reconocida por el tacto, ya que es inasible. ¿Cómo entonces vino? ¿Hay que creer que no entró, porque no vino del exterior? En efecto, él no es algo exterior. Pero tampoco puede venir de mi interior, porque él es bueno y en mí, lo sé, no hay nada bueno.
Subí hasta la cima de mí mismo y vi que el Verbo residía más alto todavía. Explorando curioso, descendí a lo más bajo de mi ser, y él se encontraba más bajo todavía. Cuando volví mi mirada hacia el exterior, descubrí que él estaba más allá de lo que me es exterior. Luego me volví hacia el interior y él estaba aún más interior. Reconocí al fin la verdad de estas palabras que había leído en la Escritura: “En él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17,28). ¡Feliz aquel en el que el Verbo existe, que se mueve y vive por él!
San Bernardo (1091-1153)

10.7.25

Por los caminos...


San Buenaventura (1221-1274) franciscano, doctor de la Iglesia
Vida de San Francisco, Leyenda mayor 

“Por los caminos proclamad que el Reino de los cielos está cerca”

En cierta ocasión asistía devotamente a una misa que se celebraba en memoria de los apóstoles, se leyó aquel evangelio en que Cristo, al enviar a sus discípulos a predicar, les traza la forma evangélica de vida que habían de observar, esto es, que no posean oro o plata, ni tengan dinero en los cintos, que no lleven alforja para el camino, ni usen dos túnicas ni calzado, ni se provean tampoco de bastón.
Francisco, tan pronto como oyó estas palabras y comprendió su alcance, el enamorado de la pobreza evangélica se esforzó por grabarlas en su memoria, y lleno de indecible alegría exclamó: “Esto es lo que quiero, esto lo que de todo corazón ansío”. Y al momento se quita el calzado de sus pies, arroja el bastón, detesta la alforja y el dinero y, contento con una sola y corta túnica, se desprende la correa, y en su lugar se ciñe con una cuerda, poniendo toda su solicitud en llevar a cabo lo que había oído y en ajustarse completamente a la forma de vida apostólica.
Desde entonces, el varón de Dios, fiel a la inspiración divina, comenzó a plasmar en sí la perfección evangélica y a invitar a los demás a penitencia. Sus palabras no eran vacías ni objeto de risa, sino llenas de la fuerza del Espíritu Santo, calaban muy hondo en el corazón, de modo que los oyentes se sentían profundamente impresionados. Al comienzo de todas sus predicaciones saludaba al pueblo, anunciándole la paz con estas palabras: “¡El Señor os dé la paz!” Tal saludo lo aprendió por revelación divina, como él mismo lo confesó más tarde... Así, pues, tan pronto como llegó a oídos de muchos la noticia de la verdad, tanto de la sencilla doctrina como de la vida del varón de Dios, algunos hombres, impresionados con su ejemplo, comenzaron a animarse a hacer penitencia, y, abandonadas todas las cosas, se unieron a él, acomodándose a su vestido y vida.

23.6.25


Que el creyente tome su carro y sus bueyes y pensando particularmente en Dios, ¡que siga los preceptos del Maestro y se ocupe de la tierra, sin olvidar el Cielo! 
(Santa H.de Bingen, 1098-1179)

12.6.25

12 de junio: San Onofre, eremita


En Egipto, San Onofre, anacoreta, que en el vasto desierto llevó vida religiosa por espacio de sesenta años.
Entre los muchos ermitaños que vivieron en los desiertos de Egipto durante los siglos cuarto y quinto, había un santo varón llamado Onofre. Lo poco que sabemos sobre él procede de un relato, atribuido a cierto abad Pafnucio, sobre las visitas que hizo a los ermitaños de la Tebaida. Al parecer, varios de los ascetas que conocieron a Pafnucio le pidieron que escribiera esa relación de la que circularon varias versiones, sin que por ello se desvirtuara la esencia de la historia.
Pafnucio emprendió la peregrinación con el fin de estudiar la vida ermítica y descubrir si él mismo sentía verdadera inclinación a ella. Con este propósito dejó su monasterio y, durante dieciséis días, recorrió el desierto y tuvo algunos encuentros edificantes y algunas aventuras extrañas; pero en el día décimo séptimo quedó asombrado a la vista de un ser al que se habría tomado por animal, pero era un hombre: ¡Era un hombre anciano, con la cabellera y las barbas tan largas, que le llegaban al suelo! ¡Tenía el cuerpo cubierto por un vello espeso como la piel de una fiera y de sus hombros colgaba un manto de hojas!... La aparición de semejante criatura fue tan espantable, que Pafnucio emprendió la huida. Sin embargo, el extraño ser le llamó para detenerle y le aseguró que también él era un hombre y un siervo de Dios. Con cierto recelo al principio, Pafnucio se acercó al desconocido, pero muy pronto ambos entablaron conversación y se enteró de que aquel extraño ser se llamaba Onofre, que había sido monje en un monasterio donde vivían con él muchos otros hermanos y que, al seguir su inclinación hacia la vida de soledad, se retiró ul desierto, donde había pasado setenta años. En respuesta a las preguntas de Pafnucio, el ermitaño admitió que en innumerables ocasiones había sufrido de hambre y de sed, de los rigores del clima y de la violencia de las tentaciones; sin embargo, Dios le había dado también consuelos innumerables y le había alimentado con los dátiles de una palmera que crecía cerca de su celda. Más adelante, Onofre condujo al peregrino hasta la cueva donde moraba y ahí pasaron el resto del día en amable plática sobre cosas santas. De repente, al caer la tarde, aparecieron ante ellos una torta de pan y un cántaro de agua y, tras de compartir la comida, ambos se sintieron extraordinariamente reconfortados. Durante toda aquella noche Onofre y Pafnucio oraron juntos.
Al despuntar el sol del día siguiente, Pafnucio advirtió alarmado que se había operado un cambio en el ermitaño, quien evidentemente se hallaba a punto de morir. En cuanto se acercó a él para ayudarle, Onofre comenzó a hablar: «Nada temas, hermano Pafnucio, dijo; el Señor, en su infinita misericordia, te envió aquí para que me sepultaras». El viajero sugirió al agonizante ermitaño que él mismo ocuparía la celda del desierto cuando la abandonase, pero Onofre repuso que no era esa la voluntad de Dios. Instantes después suplicó que le encomendasen el alma a las oraciones de los fieles, por quienes prometía interceder y, tras de haber dado la bendición a Pafnucio, se dejó caer en el suelo y entregó el espíritu. El visitante le hizo una mortaja con la mitad de su túnica, depositó el cadáver en el hueco de una roca y lo sepultó con piedras. Tan pronto como terminó su faena, vio cómo se derrumbaba la cueva donde había vivido el santo y cómo desaparecía la palmera que le había alimentado. Con esto comprendió Pafnucio que no debía permanecer por más tiempo en aquel lugar y se alejó al punto.
Acta Sanctorum, junio, vol. II, se encontrará una selección más que suficiente de variantes textuales. También hay otras versiones orientales, sobre todo las escritas en copto y en etíope. Véase sobre todo a W. Till en Koptische Heiligen und Martyrer-legenden (1935), pp. 14-19; W. E. Crum, Discours de Pisenthios en Revue de l'Orient chrétien, vol. X (1916), pp. 38-67. A pesar de que Pisenthios no dice nada nuevo sobre Onofre, su sermón demuestra que ya por el año 600, se celebraba con solemnidad su fiesta. Conviene ver notas críticas en Analecta Bolladiana, vol. XLVII (1929), pp. 138-141. No se da por cierta la tesis de que los nombres de Onfroi, Humfrey y sus derivados, que tanto se popularizaron en Francia e Inglaterra durante la Edad Media, se debiesen al culto a san Onofre, importado a Europa por los cruzados: cf. E. G. Withycombe, Oxford Dictionary of English Christian Names (1950). En la imagen: ícono cretense de mediados del siglo XVII.
fuente del texto: «Vidas de los santos de A. Butler»

8.6.25

Pentecostés

¡Señor, envía tu Espíritu!

El Señor dice en el Evangelio: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho” (Jn 14,26). El Padre envió el Espíritu en el nombre del Hijo, para la gloria del Hijo, para manifestar la gloria del Hijo.
Les dice “les enseñará todo” para que sepan, y “les recordará lo que les he dicho” (Jn 14,26), exhorta. La gracia del Espíritu da el saber y el querer. Por eso cantamos en la misa de este día “¡Ven Espíritu Santo, penetra en el corazón de tus fieles!”, para que tengan la ciencia “¡que sean abrasados por el fuego de tu amor!” para que tengan el deseo de traducir en hechos lo que saben. Por eso también cantamos “¡Oh Señor, renueva la faz de la tierra!” Las Lamentaciones de Jeremías así enseñan: “El envió un fuego desde lo alto, lo hizo bajar hasta mis huesos” para instruirme (cf. Lm 1,13). La Iglesia comenta que el Padre de lo Alto, el Hijo, envían hoy en mis huesos, en los apóstoles, un fuego, el Espíritu Santo. Me instruye para que yo sepa y quiera. (…)
El Espíritu Santo da el saber y el querer. Presentemos lo que está en nuestras posibilidades y seremos templo del Espíritu Santo. ¡Recemos al Hijo de enviarlo a nosotros, Él que es bendito por los siglos. Amén! … Recemos con fervor, pidamos al Hijo de Dios enviar el Paracleto que nos hará conocerlo y amarlo, para llegar hasta Él.
San Antonio de Padua (1195-1231) franciscano, doctor de la Iglesia

26.5.25

San Gregorio Magno (c. 540-604) papa y doctor de la Iglesia. Morales sobre el libro de Job, XIII

Elevar el espíritu hasta la esperanza de la gloria

Si la santa Iglesia soporta las adversidades de la vida presente, es porque es conducida por una gracia de lo Alto, hasta las recompensas eternas. Desprecia la muerte de su carne, porque aspira a la gloria de la resurrección. Es transitorio lo que ella sufre, perpetuo lo que espera. Los bienes perpetuos no le inspiran ninguna duda, porque posee ya un testimonio fiel en la gloria de su Redentor. Ella ve en espíritu la resurrección de su carne y se levanta con todas sus fuerzas hacia la esperanza. Lo que ve ya cumplido en su Cabeza, se cumplirá un día en el Cuerpo de su Redentor, es decir en ella misma. Tal es su inquebrantable esperanza. (…)
Como la esperanza de la resurrección está fortificada en la Iglesia por la esperanza de la resurrección del Señor, habría que agregar que hay en el cielo un testigo fiel. La Iglesia tiene ya como testigo al Resucitado de entre los muertos, que está en los cielos.
Así, cuando sufre una adversidad, cuando está agotado por duras tribulaciones, el pueblo fiel puede elevar su espíritu hasta la esperanza de la gloria que lo espera. Funda su confianza en la resurrección de su Redentor “Aún ahora, mi testigo está en el cielo y mi garante, en las alturas” (Jb 19,19). Tenemos el derecho de llamarlo garante porque conoce nuestra naturaleza, no solamente por crearla, sino también al asumirla. Ya que para él conocer nuestra condición es haberla aceptado.

25.5.25

San Bernardo (1091-1153) monje cisterciense y doctor de la Iglesia. Sermón 21. 

“El Espíritu Santo les enseñará todo y les dará la paz”

El que camina bajo la conducción del Espíritu no permanece constantemente en el mismo estado y no progresa siempre con el mismo paso. El camino hombre no pertenece a él mismo, sino que depende de la iniciativa del Espíritu, su maestro. Él le otorga de olvidar lo que está detrás e ir hacia adelante, a veces lentamente, a veces con mayor impulso. Pienso que si prestas atención, tu experiencia interior confirmará lo que acabo de expresar.
Si te sientes aletargado, por la pena o el disgusto, no pierdas confianza ni abandones tu proyecto de vida espiritual. Busca más bien la mano del que es tu auxilio. Implórale de entrenarte en su seguimiento (cf. Ct 1,4) hasta que atraído por la gracia reencuentres el dinamismo y la alegría de la marcha. Entonces podrás decir “Correré por el camino de tus mandamientos, porque tú me infundes ánimo” (Sal 119,32). (…)
Cuando te sientas colmado, no digas “Nada me hará vacilar”, para no tener que decir gimiente lo que sigue del Salmo “Pero apenas ocultaste tu rostro, quedé conturbado” (Sal 29, 7-8). Si eres sabio, tendrás cuidado de seguir el consejo de la Sabiduría. El día de infortunio, no olvidarás la felicidad y en la consolación no olvidarás los momentos de infortunio (cf. Si 11,27). (…)
Así la esperanza no te faltará en tiempos de penas, ni la previsión en días de felicidad. En medio de triunfos o de fracasos de estos tiempos inestables, guardarás, como imagen de eternidad, una sólida estabilidad de alma. Bendecirás al Señor en todo tiempo y así, en el seno de un mundo vacilante, encontrarás la paz, una paz inquebrantable. Comenzarás a renovarte y transformarte a imagen y semejanza de un Dios de serenidad eterna.

19.4.25

Vigilia Pascual

En el Credo decimos respecto al camino de Cristo: “Descendió a los infiernos”. ¿Qué ocurrió entonces? Ya que no conocemos el mundo de la
muerte, sólo podemos figurarnos este proceso de la superación de
la muerte a través de imágenes que siempre resultan poco
apropiadas. Sin embargo, con toda su insuficiencia, ellas nos
ayudan a entender algo del misterio. La liturgia aplica las palabras
del Salmo 23 [24] a la bajada de Jesús en la noche de la muerte:
“¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas
compuertas!” Las puertas de la muerte están cerradas, nadie puede
volver atrás desde allí. No hay una llave para estas puertas de
hierro. Cristo, en cambio, tiene esta llave. Su Cruz abre las puertas
de la muerte, las puertas irrevocables. Éstas ahora ya no son
insuperables. Su Cruz, la radicalidad de su amor es la llave que abre
estas puertas. El amor de Cristo que, siendo Dios, se ha hecho
hombre para poder morir; este amor tiene la fuerza para abrir las
puertas. Este amor es más fuerte que la muerte. Los iconos
pascuales de la Iglesia oriental muestran cómo Cristo entra en el
mundo de los muertos. Su vestido es luz, porque Dios es luz. “La
noche es clara como el día, las tinieblas son como luz”
(cf. Sal 138 [139], 12). Jesús que entra en el mundo de los muertos
lleva los estigmas: sus heridas, sus padecimientos se han
convertido en fuerza, son amor que vence la muerte. Él encuentra a
Adán y a todos los hombres que esperan en la noche de la muerte.
A la vista de ellos parece como si se oyera la súplica de Jonás:
“Desde el vientre del infierno pedí auxilio, y escuchó mi clamor”
(Jon 2, 3). El Hijo de Dios en la encarnación se ha hecho una sola
cosa con el ser humano, con Adán. Pero sólo en aquel momento, en
el que realiza aquel acto extremo de amor descendiendo a la noche
de la muerte, Él lleva a cabo el camino de la encarnación. A través
de su muerte Él toma de la mano a Adán, a todos los hombres que
esperan y los lleva a la luz.

fuente: fragmento  de "Homilías de Benedicto XVI en la Vigilia Pascual".

Sábado Santo

Carta de San Pablo a los Romanos 6,3-11.
Hermanos:
¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte?
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva.
Porque si nos hemos identificado con Cristo por una muerte semejante a la suya, también nos identificaremos con él en la resurrección.
Comprendámoslo: nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él, para que fuera destruido este cuerpo de pecado, y así dejáramos de ser esclavos del pecado.
Porque el que está muerto, no debe nada al pecado.
Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él.
Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él.
Al morir, él murió al pecado, una vez por todas; y ahora que vive, vive para Dios.
Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.