Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo. Es el propiciatorio colocado sobre el arca de Dios. Es "el misterio escondido desde siglos"
(San Buenaventura)

30.1.26

de las Cartas a Diogneto

Los cristianos en el mundo 

"Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. 
Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. 
Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. 
Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres. 
El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar."  De la Carta a Diogneto (Cap. 5-6; Funk 1, 317-321)  fuente: vatican.va


A continuación, el extracto de una obra de los Padres Apostólicos referido a las Cartas enviadas a  Diogneto:

INTRODUCCIÓN

Se percibía alguna inquietud en los ambientes paganos. ¿Qué estaba pasando? Se hacía complicado concebir cómo las realidades «de siempre» parecían renovarse. O, al menos, esa era la pretensión de algunos que se llamaban cristianos. Aunque no fuese una preocupación que les hiciese temer por su amadísima civilización, los paganos se inquietaban. Y he aquí que un cristiano, reacio a desvelar su nombre a la historia y, por tanto, un provocador de la curiosidad de los estudiosos que lo han identificado, entre otros, con Apolo, Clemente de Roma, Cuadrato, Marción, Arístides, Apeles, Justino, Melitón de Sardes, Teófilo de Antioquía, Panteno, Hipólito de Roma, Luciano de Antioquía, Metodio de Olimpo - e incluso se le ha llegado a considerar un falso del siglo XVI-, quiso responder a las preguntas que bullían en la cabeza del pagano Diogneto. De éste tampoco sabemos demasiado. Se ha identificado con el procurador Claudio Diogneto que, en el 197, ejercía el cargo de Sumo Sacerdote en Egipto, o con el Diogneto maestro de Marco Aurelio, o con el emperador Adriano oculto bajo un pseudónimo, aunque también pudiera tratarse de un simple nombre bajo el que se ocultan las anónimas gentes que anclaban inquietas por causa del cristianismo.
 
LAS ANDANZAS Y DESVENTURAS DE UNA OBRA

Los documentos del Concilio Vaticano II divulgaron algunos lugares del escrito que conocemos como A Diogneto, desconocido o ignorado curiosamente por los antiguos tratadistas de la literatura cristiana. Nunca lo encontramos mencionado en Eusebio de Cesárea, Jerónimo, Genadio de Marsella o Focio. El escrito pasó por la historia sin que nadie se refiriese a él.
Al silencio de los autores antiguos se ha de sumar la rocambolesca historia del único manuscrito -designado por unos editores como A y por otros como F - que conservó el texto de la obra hasta el pasado siglo. En torno al año 1436, Tomás de Arezzo, un joven clérigo estudiante de griego, compra en una pescadería de Constantinopla un códice que estaba apilado con el papel para embalar pescado. Movido por el deseo de martirio, Tomás de Arezzo parte a anunciar el Evangelio entre musulmanes, pero antes deja el códice en manos de Juan Stojkovic de Ragusa, futuro cardenal que asistiría como legado al Concilio de Basilea. A su muerte, el manuscrito debió pasar a los dominicos o a los cartujos de Basilea, a quienes hizo herederos de su biblioteca. Posteriormente lo adquirió Juan Reuchlin y, en la segunda mitad del siglo XVI, el códice se hallaba en la abadía alsaciana de Marmoutier, donde permaneció hasta que entre 1793 y 1795 pasó a formar parte de los fondos de la biblioteca municipal de Estrasburgo. Allí fue destruido como consecuencia del incendio producido por el bombardeo de la artillería prusiana. Era el 14 de agosto de 1870.
Por tanto, el texto del manuscrito sólo lo podemos conocer actualmente a través de las copias que hicieron los humanistas en el siglo XVI o a través de las colaciones que se hicieron en el siglo XIX con vistas a editar el A Diogneto.

nota: si alguien desea leer el texto completo, está en la web, y es gratuito para descargar.

8.1.26

La multiplicación de los panes

San Juan Crisóstomo (c. 345-407) - Homilía 
La multiplicación de los panes

Observemos el abandono confiado de los discípulos a la providencia de Dios en las necesidades más grandes de la vida y su desprecio hacia una existencia lujosa: eran doce y tenían sólo cinco panes y dos peces. No se preocupaban de las cosas del cuerpo; se dedicaban con celo a las cosas del alma. Es más, no guardaron para ellos estas provisiones: se las dieron en seguida al Salvador cuando se las pidió. Aprendamos de este ejemplo, a compartir lo que nosotros tenemos con los que están necesitados, aunque tengamos poco. Cuando Jesús les pide los cinco panes, no dicen: "¿qué nos quedará para más tarde? ¿De dónde sacaremos lo que nos hace falta a nosotros?" Obedecen en seguida...
Tomando pues los panes, el Señor los partió y les confió a los discípulos el honor de distribuirlos. No quería solo honrarlos con este santo servicio, sino que quería que participaran en el milagro, para que fueran testigos bien convencidos y no olvidaran lo que habían visto con sus ojos... Por ellos hace sentar a la gente y distribuye el pan, con el fin de que cada uno de ellos pueda dar testimonio del milagro que se realizó entre sus manos...
Todo en este acontecimiento - el lugar desierto, la tierra desnuda, poco pan y pescado, la distribución de las cosas sin preferencia, cada uno que tiene tanto como su vecino - todo esto nos enseña la humildad, la frugalidad, y la caridad fraterna. También amarnos unos otros, tenerlo todo en común entre los que sirven al mismo Dios, es lo que nos enseña nuestro Salvador aquí.

20.12.25

"Te saludo, llena de gracia"

San Epifanio de Salamina (¿-403) obispo ( de: Homilía nº 5)

¿Cómo hablar? ¿Qué elogio podré yo hacer de la Virgen gloriosa y santa? Ella está por encima de todos los seres, exceptuando a Dios; es, por naturaleza, más bella que los querubines y todo el ejército de los ángeles. Ni la lengua del cielo, ni la de la tierra, ni incluso la de los ángeles sería suficiente para alabarla. ¡Bienaventurada Virgen, paloma pura, esposa celestial..., templo y trono de la divinidad! Tuyo es Cristo, sol resplandeciente en el cielo y sobre la tierra. Tú eres la nube luminosa que hizo bajar a Cristo, él, el rayo resplandeciente que ilumina al mundo.
Alégrate, llena de gracia, puerta de los cielos; es de ti que habla el Cantar de los Cantares... cuando exclama: «Tú eres huerto cerrado, hermana mía, esposa mía, huerto cerrado, fuente sellada (4,12)... Santa Madre de Dios, cordera inmaculada, de ti ha nacido el Cordero, Cristo, el Verbo encarnado en ti... ¡Qué sorprendente maravilla en los cielos: una mujer, revestida de sol (Ap 12,1), llevando la luz en sus brazos!... Qué asombrosa maravilla en los cielos: el Señor de los ángeles hecho hijo de la Virgen. Los ángeles acusaban a Eva; ahora llenan de gloria a María porque ella ha levantado a Eva de su caída y hace entrar en los cielos a Adán echado fuera del Paraíso...
Es inmensa la gracia concedida a esta Virgen santa. Por eso Gabriel, le dirige primeramente este saludo: «Alégrate, llena de gracia», resplandeciente como el cielo. «Alégrate, llena de gracia», Virgen adornada con toda clase de virtudes... «Alégrate, llena de gracia», tú sacias a los sedientos con la dulzura de la fuente eterna. Alégrate, santa Madre inmaculada; tú has engendrado a Cristo que te precede. Alégrate, púrpura real; tú has revestido al rey de cielo y tierra. Alégrate, libro sellado; tú has dado al mundo poder leer al Verbo, el Hijo del Padre.

10.12.25

San Juan Climaco

 “Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón” 
   (Mt 11,29)

1. La luz de la aurora precede al sol y la mansedumbre precede a la humildad. Escuchemos a la Luz decirnos en qué orden los dispuso: "Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón" (cf. Mt 11,29). Antes de contemplar el sol, debemos ser iluminados por la aurora, podremos entonces sostener la vista del sol. Porque es imposible, completamente imposible, mirar el sol antes de conocer esta luz. Así lo enseña, en la Palabra del Señor, el orden dado a cada una de estas dos virtudes.
2. La mansedumbre es un estado inmutable del intelecto, por el que permanece siempre igual, tanto en los honores como en las humillaciones. 
3. La mansedumbre nos hace rezar por el prójimo sinceramente, sin ser sensibles a sus procedimientos cuando nos atormenta. 
4. La mansedumbre es una roca que domina el mar de la irascibilidad y contra la cual se estrellan todas las olas que llegan allí, sin que la roca se rompa. 
5. La mansedumbre es el sostén de la paciencia; la entrada, o más bien, la madre de la caridad. Ella es el fundamento de la discreción. Por eso está escrito "Guía en la justicia a los humildes" (cf. Sal 24,9). La mansedumbre procura el perdón de los pecados, da confianza en la oración, es la morada del Espíritu Santo. "¿A quién vuelvo la mirada? Al manso y humilde" (cf. Is 66,2).
6. La mansedumbre es la colaboradora de la obediencia, la guía de la comunidad fraterna, el freno del furioso, el obstáculo del colérico, una fuente de alegría, la imitación de Cristo, una cualidad de los ángeles, la traba de los demonios, un escudo contra la amargura. 7. El alma agitada es el asiento del diablo, pero el Señor reposa en los corazones mansos.

San Juan Clímaco, (c. 575 - c. 650) -  de: La Escala Santa, 24,1-7 

20.9.25

La palabra de Dios

“La semilla es la palabra de Dios”

El origen de la Escritura no se halla en la búsqueda humana, sino en la divina revelación que proviene del “Padre de las luces”, “de quien toma su nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra” (St 1,17; Ef 3,15). Es de él que, por su Hijo Jesucristo, llega a nosotros el Espíritu Santo. Es por el Espíritu Santo que, compartiendo y distribuyendo sus dones a cada unos según su voluntad Hb 2,4), se nos da la fe y “por la fe, Cristo habita en nuestros corazones” (Ef 3,17). De este conocimiento de Jesucristo se desprende, como de su fuente, la firmeza y la comprensión de toda la santa Escritura. Es, pues, imposible entrar en el conocimiento de la Escritura sin poseer infusa, primeramente, la fe de Cristo, como la luz, la puerta y el fundamento de toda la Escritura…
La finalidad o el fruto de la santa Escritura no es cualquier cosa, sino la plena felicidad eterna. Porque en la Escritura están “las palabras de vida eterna” (Jn 6,68); está, pues, escrita, no sólo para que creamos, sino también para que poseamos la vida eterna en la cual veremos, amaremos y nuestros deseos se verán eternamente colmados. Es entonces que nuestros deseos se verán plenamente satisfechos, conoceremos verdaderamente “el amor que sobrepasa todo conocimiento” y así llegaremos a “la Plenitud total de Dios” (Ef 3,19). La divina Escritura se esfuerza en introducirnos a esta plenitud; y es, pues, en vistas a este fin, con esta intención que la santa Escritura debe ser estudiada, enseñada y comprendida.
San Buenaventura (1221-1274)

15.9.25

15 de septiembre: Nuestra Sra. de los Dolores

San Bernardo (1091-1153) monje cisterciense y doctor de la Iglesia

Después del amor de Cristo, el de María no tiene igual
El martirio de la Virgen es sugerido tanto por  la profecía de Simeón  como por la narración de la Pasión del Señor.  “Él será un signo de contradicción”, dice Simeón hablando del niño Jesús. Dirigiéndose a María agregó “Una espada atravesará tu corazón” (cf. Lc 2,34-35). Si, bienaventurada Madre, tu corazón fue atravesado por una espada y una espada traspasó la carne de tu Hijo. Cuando tu Jesús -que es de todos pero especialmente de ti- entregó el espíritu, la lanza cruel no llegó a su alma. Al estar  ya muerto, la lanza no le causó dolor.  Pero ella atravesó tu alma. En ese momento, ya no podía atravesar el alma suya porque ya no estaba. Pero tu alma, no podría nunca más separarse de él. (…)
Quizás alguien preguntará si María no sabía por adelantado que él debía morir. Si, sin dudas. ¿No esperaba ella verlo resucitado en seguida? Si, en eso confiaba. Entonces, ¿sufrió cuando lo vio crucificar?  ¡Por cierto y con qué violencia! ¿Quién eres tú, hermano, y de dónde te viene tal sabiduría, al asombrarte más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? ¿Él pudo morir de la muerte del cuerpo y ella no habría podido morir con él de todo corazón? En él se realiza la obra de un amor que nadie puede superar. En ella, es el amor que, después del primero, nunca habrá otro igual.


en la Basílica de La Piedad, CABA 

14.9.25

14 de septiembre: Exhaltación de la Santa Cruz

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, en la que se recuerda el hallazgo del leño de la cruz por parte de santa Elena, en Jerusalén, en el siglo IV, y la restitución de la preciosa reliquia a la Ciudad Santa, por obra del Emperador Heraclio. Pero “¿qué quiere decir para nosotros celebrar hoy esta fiesta?” ha interrogado el Papa esta mañana ante miles de fieles que se congregaban en la Plaza de San Pedro este mediodía para escuchar su reflexión dominical antes de rezar a la madre del Cielo.
La Cruz como signo de amor y salvación
El Papa ha recordado que la Cruz – denominada por el Papa como “uno de los instrumentos de muerte más cruel que el hombre haya jamás inventado” – fue transformada por Cristo en el mayor signo del amor de Dios. En ella no hay derrota, sino victoria: la vida surge de la muerte y la salvación del sacrificio.
“Por esto hoy nosotros celebramos su “exaltación”, lo hacemos por el amor inmenso con el que Dios, abrazándola para nuestra salvación, la transformó de medio de muerte a instrumento de vida, enseñándonos que nada puede separarnos de Él y que su caridad es más grande que nuestro mismo pecado”.
El diálogo con Nicodemo
León XIV explica después cómo Jesús anuncia que será “ensalzado” en la Cruz, para dar vida eterna a todo el que crea. Centrándose en el Evangelio del día, describe una escena: “Es de noche, y Nicodemo – uno de los jefes de los judíos – va a encontrar a Jesús. El Señor lo escucha – continúa el Papa – y al final le revela que el Hijo del hombre debe ser ensalzado porque «Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna».
“Nicodemo, que quizás en ese momento no comprende plenamente el sentido de estas palabras, podrá de seguro hacerlo cuando, después de la crucifixión, ayudará a sepultar el cuerpo del Salvador. Comprenderá entonces que Dios, para redimir a los hombres, se hizo hombre y murió en la cruz”.
Al final, el Pontífice hace una invitación al compromiso personal. El Papa pide que, con la ayuda de María, cada creyente pueda acoger este amor y hacerlo vida concreta: “que también nosotros sepamos donarnos los unos a los otros, como Él se ha donado enteramente a todos”.